Un
día los niños del colegio madrileño Salesianas San José preguntaron si
podían llevar la consola a clase. Contra todo pronóstico, el profesor
les respondió que sí. Y ahí no acaba la historia: no era la primera vez
que lo hacían. Raúl Martínez, maestro del centro, lleva meses aplicando el uso de videoconsolas a las clases de plástica, música y ciencias sociales, con resultados muy satisfactorios.
Todo empezó, explica Martínez, en septiembre, con una idea del Museo Thyssen,
planteada para que sus talleres educativos llegasen a las aulas. La
institución convocó a centros y docentes de toda España a reinterpretar
en sus clases obras clave de la historia del arte con el juego de Nintendo (que también colabora en la iniciativa) New Art Academy, y a contarlo a través de la red social Aquí pintamos todos.
La experiencia fue tan positiva que
cuando terminó, en diciembre, y los alumnos preguntaron si ya no
volverían a utilizar la Nintendo en clase, Martínez decidió que todos
los que dispusieran de una en casa podrían utilizarla en el colegio. “La
implantación de la consola es tan grande que es muy fácil que los niños
cuenten con una, algo que no sucede con otras tecnologías como, por
ejemplo, el iPad”, explica.
“A través de los videojuegos se pueden aprender cosas tan dispares como física o destrezas sociales”,
apunta. En cuanto a la asignatura de Plástica, en la que está centrado
ahora su esfuerzo, resulta “muy accesible mediante esta plataforma, y
quizá más agradecida, porque a través de la consola experimentan con
materiales, como pinceles y lienzo, de los que no disponen en el aula.
Además, pueden ver los resultados al instante y enviarlos a la red
social”, detalla.
“Los niños nacen prácticamente con
consola. Qué mejor manera de acercarles el contenido que a través del
juego, así, la motivación es extraordinaria”, destaca Martínez, que es
el promotor en su centro del programa Artes, desarrollado por la Federación de Escuelas Católicas en varios colegios de Madrid.
Martínez es también el encargado de implementar la iniciativa Idéame Kids, desarrollada junto a Nintendo y la Universidad de Madrid,
en la que los desarrolladores estrechan su vínculo con el ámbito
escolar para conocer el potencial de los niños como creadores de
videojuegos al tiempo que aprenden a leer y escribir.
Países como Finlandia e Israel, donde la educación, reconoce Martínez, se encuentra más avanzada que en España, enseñan código y programación a sus niños en la escuela. Esa es la aspiración de iniciativas como Idéame,
pero de momento, insiste su promotor, no es más que una semilla. “Son
nuevas ideas”, dice, “queremos que se vayan implantando”.
“Se necesita mucho apoyo económico, y
ahora no hay dinero para enseñar código, es un módulo que requiere
desarrollarse en mucho tiempo y habría que ver cómo lo contemplaría la
sociedad”, indica el profesor.
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